jueves, 5 de agosto de 2010

Evo Morales:




 “Sudamérica es una esperanza para el mundo”





El presidente boliviano cautivó con su carisma a unas tres mil personas, al recibir el doctorado Honoris Causa de dos universidades en San Juan, en la 39° Cumbre del Mercosur.

“Cuando escucho “olé, olé, olé” siento que es Boca o River el que está por jugar”. Ni bien se paró enfrente del micrófono que lo esperaba ansioso, como todo el auditorio que coreaba su nombre, Juan Evo Morales Ayma, el primer presidente nativo de los pueblos originarios de Bolivia, rompió el hielo, se sacó los nervios (cuchicheando, unos minutos antes le había confesado a Alicia Kirchner que estaba tan nervioso como cuando a los 21 años no se animaba a sacar a una chica a bailar y “tenía que tomar cerveza para hacerlo”). El escenario es el Auditorio Juan Victoria, en la provincia de San Juan, en el inicio de la 39° Cumbre del Mercosur. Evo está nervioso, pero empieza a recorrer, sin texto escrito, una clase magistral que durará más de 45 minutos. Evo recibe el Honoris Causa de la Universidad Nacional de Cuyo, de Mendoza, y de la Universidad Nacional de San Juan. “Sudamérica es una esperanza, no sólo para Latinoamérica, sino para el mundo entero”, lanza el primer mandatario. Después argumenta: “La integración de Sudamérica y Latinoamérica es nuestra obligación”.

Conflictos

Evo Morales se acordó de las primeras veces en las que los países de Sudamérica se reunieron. “A mi entender, (Néstor) Kirchner es el primer mandatario de Sudamérica”, tira el presidente boliviano. Después hace, elípticamente, alusión a algunos problemas que a veces surgen entre los países americanos (justo en medio de un clima tenso entre Venezuela y Colombia): “Aparecen problemas del orden bilateral”. Y hace hincapié en que no hay que permitir que ningún extranjero ingrese en “territorio nacional”. “Estados Unidos, mediante la embajada, impone condiciones, chantaje. Sólo no hay golpe en Estados Unidos porque ahí no hay embajador de Estados Unidos”. Risa cómplice de todo el auditorio. Pero Evo no le baja el tono sarcástico a su conferencia: “Estados Unidos me trata de Bin Laden andino”.

Aceptación popular

El presidente de Bolivia continúa, ante un público que lo sigue mudo. Su gobierno como medalla de honor ineludible sale una vez más, y muestra sus pergaminos: el superávit fiscal conseguido en los últimos tiempos; “es la primera vez que no hay impuestazo, ni gasolinazo, pero sí superávit fiscal”. “A veces escucho al Fondo Monetario Internacional hablar bien de mis decisiones políticas. Yo me asusto”. Otra vez, las risas, los aplausos. Se jacta: “El año pasado hemos sido ratificados con el 54 por ciento de los votos. Nunca hubo un gobierno que gane con más del 50 por ciento”. Evo, además, asegura: “Antes nos quedábamos sin harina, sin trigo y teníamos que depender de Estados Unidos. Ahora tenemos el cien por ciento de producción de trigo”.


En el Día del Aborigen, el presidente de Bolivia mantuvo cautivo de su carisma y sus afirmaciones militantes de Latinoamérica a cerca de tres mil personas (dos mil en el auditorio, y unas mil en el foyer contiguo siguiendo la conferencia en pantalla). “Nunca en mi vida olvidaré esto”, cerró Evo Morales, después de dejar sellado que los políticos no son funcionarios sino “servidores públicos”. La gente aplaudió de pie. No se cansó de corear su nombre, como en un Boca-River.                   
    
Pablo Zama. 






(Texto publicado en El Diario de la República, de San Luis). 

martes, 3 de agosto de 2010

La Cumbre del Mercosur, desde afuera:



Una ciudad revolucionada 



El arribo de los presidentes en autos importados. La espera en el frío de los fanáticos de Evo Morales. Comerciantes sanjuaninos sorprendidos por los clientes de toda Sudamérica. Una carta para Cristina.


Frío. Antes de las diez de la mañana hacen dos grados en San Juan y cae una leve agua nieve sobre la ciudad, la sensación térmica rebasa el grado bajo cero. A las diez y ocho, la presidenta Cristina Fernández sale junto a Néstor Kirchner del hotel Del Bono Park (departamento Rivadavia) hacia el Centro Cívico (que está frente al Parque de Mayo) de aquella provincia. La 39° Cumbre del Mercosur está por empezar en Cuyo. En el aeropuerto Domingo Faustino Sarmiento, en el departamento 9 de Julio, esperan por la llegada de los dos presidentes que faltan: el paraguayo Fernando Lugo y el chileno Sebastián Piñera.

Diez y diecisiete: la presidenta y su comitiva atraviesan el vallado ubicado dos cuadras hacia el oeste del epicentro de la Cumbre, sobre avenida Ignacio de la Roza. Los autos pasan tan rápido que tres mujeres que esperan a CFK para saludarla, no distinguen que la que pasó era la presidenta. La intensidad del frío (el leve viento sur atraviesa la piel) hace que sólo unos pocos se animen a hacer guardia al lado del vallado para ver pasar a los mandatarios. San Juan sigue con su rutina normal: el tránsito por calle Salta, en su cruce con Ignacio de la Roza, es intenso. Los chicos pasan hacia la escuela. Un grupo de periodistas venezolanos (que no verán llegar en el Mercedes Benz S-400 azul –previsto por Cancillería- al ausente con aviso Hugo Chávez) se encaminan hacia el ala sur del edificio.

Diez y veinte: Pepe Mujica, presidente de Uruguay, sale del Del Bono Park en un Mercedes Benz E-320 con algunas banderas de su país y en pocos minutos llega al Centro Cívico; también lo hace el brasileño Lula Da Silva (Mercedes negro). Evo Morales, el más buscado por la gente, es el único mandatario que está en otro hotel. Antes de las diez y media sale del Alkazar  –en pleno centro sanjuanino- y en menos de cinco minutos pasa el vallado -Mercedes azul, en el capó flamea una bandera de Bolivia-. Una comitiva de al menos diez autos lo acompañan. Los dos presidentes que faltaban llegan al aeropuerto y se trasladan hacia el Centro Cívico. La Cumbre empieza.

Afuera parece un día normal. Pero en los cafés, en las estaciones de servicios y en las casas, el televisor está fijo en Canal 8 –local- o en los canales nacionales que transmiten en directo la reunión de presidentes. Las calles aledañas al edificio principal de la Cumbre y a los hoteles están cortadas por la policía y por gendarmería.

Escenarios

Compañero Evo: al lado del vallado, Erminio, de 25 años, y David y Carola, de 22, junto a sus familiares y amigos, quieren saludar a Evo Morales. Todos son bolivianos, nacidos en Sucre y en Cochabamba. “Evo hace muchas cosas buenas por la gente de Bolivia, por la gente del campo y por los indígenas”, se enorgullece Erminio, que vive en San Juan desde hace un año y medio. “Le hicieron hasta una película en mi país, es muy querido allá”, agrega Carola. Todos, igual que Angel y Olga (dos cordobeses que viajaron en la noche desde La Calera exclusivamente para la Cumbre), quieren al menos un saludo del “compañero Evo”.

Unas líneas para Cristina: cerca del mediodía, Lucía, madre de ocho chicos, le pide a la policía que le lleven una carta a la presidenta. Pero nadie puede entregar la misiva. “Tengo la pensión de todos mis hijos, pero eso no alcanza. Tengo un chico que tuvo tres intentos de suicido, porque no consigue trabajo”, cuenta, emocionada, Lucía. Y finaliza: “Yo no pido que me regalen algo, yo pido trabajo para mis hijos más grandes. A mi marido le dio un derrame cerebral, no puede trabajar. Yo soy empleada doméstica. Quiero darle esta carta a la presidenta, pero no me dejan”.             

Servicios para otro acento: algunos metros más retirado del vallado, en la estación de servicios Santa Clara, la zona de comidas está casi llena. Algunos funcionarios de otros países toman café y escuchan a los presidentes. Los gendarmes entran y piden permiso para pasar al baño. “Vos les preguntás si quieren una factura con el café y no entienden a qué te referís”, dice Juan Manuel (vendedor) sobre los clientes foráneos. “Piden mucho café con leche, vienen a desayunar. También vienen muchos policías de la Federal o custodia de otros países”. Adrián, también empleado del lugar, cuenta que llegan a cargar nafta muchas combis o colectivos que están afectados a la Cumbre: “No te piden nafta, te piden ‘gasolina’”.     

Cenadores de lujo: en otra esquina, al lado del ingreso para las comitivas, en el restaurante “Tequila”, Sonia asegura que el lunes en la noche cenaron ahí dos choferes presidenciales y que también fueron a comer muchos periodistas de medios de Buenos Aires. Al movimiento que hay a pocos metros no lo vieron en los diecisiete años que tiene el negocio. El televisor está puesto en Canal 7. Los mozos miran por TV lo que acontece a dos cuadras. En esa distancia que separa el primer vallado del Centro Cívico hay otros comercios que tuvieron que cerrar durante dos días por la reunión de presidentes.      
Mientras en calle Laprida, a una cuadra del ingreso principal, dos gendarmes tratan de amortiguar el frío debajo del hall de una casa, en el sector opuesto (ciento cincuenta metros al este, calle Las Heras, frente a la Legislatura) en los móviles de los canales de la televisión nacional e internacional siguen ajustando detalles técnicos en plena transmisión (cerca de 150 periodistas trabajan en el interior del edificio).







La Cumbre empieza a llegar a su epílogo y los colectivos que arriban con la comunidad boliviana que vive en Cuyo (llegan desde San Luis y Mendoza) se ubican cerca del estadio cerrado Aldo Cantoni, frente al Parque de Mayo. A las cuatro habrá homenaje a Evo Morales. El reloj ya rebasa la una y media de la tarde: los autos importados vuelven a salir por avenida Ignacio de la Roza. Los presidentes retornan a los hoteles, con la excepción de Cristina Fernández y Lula da Silva, que cumplen con un encuentro bilateral entre Argentina y Brasil. El frío sigue, cae agua nieve.







Pablo Zama.


(Texto publicado en El Diario de la República, de San Luis - Fotos: gentileza de Diario Huarpe).

viernes, 9 de julio de 2010

La caída en cuartos, en San Luis:




Pasión cartonera: 
pena en el barrio





La familia Casatte. Desilusión por el 0-4 ante Alemania. La dura rutina de quienes nutren a las recicladoras.


“Nosotros somos cartoneros. Hoy, por el partido es imposible vender”. Alejandro Casatte todavía no pudo salir a trabajar. Las calles están vacías. Desde el televisor llegan los alaridos del relator. La Selección ya pierde 1-0 y le cobran offside a Higuaín. "¡Qué hijo de puta!".

En la esquina de Corrientes y Juan de Garay, en el barrio Rawson, los ojos marrones de Milton miran inquisitivos adentro de una casa hecha con chapa. Milton tiene cuatro años. Malena, ante la pregunta sobre su edad, dice que tiene "tes". Nicolás, de diez años, tiene perdida la mirada en el televisor. Su papá espera que la Selección le dé una alegría, un grito de euforia que pierda la rutina en un laberinto, aunque sea, momentáneo. 

En una mesa minúscula, Norma sirve té caliente en tres tazas y un biberón. En la mesa también hay mate. En la mañana sabatina, el calor sale de un brasero. Afuera, cuatro pibes juegan su propio mundial en la cancha de cemento que está en la plazoleta. El estadio Green Point es inalcanzable en el barrio. "Todos los días salimos a las seis". Alejandro mira una jugada de Messi. Sigue: "Por el kilo de cartón nos dan quince centavos". El partido rebasa los treinta minutos, Argentina ya es pura impotencia, igual que el sentimiento de Alejandro y Norma cuando recuerdan: "Antes, el kilo de cartón salía cuarenta".

Desde las chacaritas a las recicladoras hay un proceso que olvida y menosprecia económicamente la labor de un primer eslabón: los cartoneros. Alejandro mira las jugadas del diez de Argentina, tal vez, la evasión preferida. Según la revista Noticias, La Pulga que engancha ante un alemán y su remate es contenido por el arquero Neuer, factura más que las empresas que tienen mil empleados a cargo (el patrimonio neto de Lio estaría valuado en doscientos cincuenta millones de euros). La familia Casatte vive con quince pesos diarios, tras el trabajo de toda una jornada. "A veces trabajamos hasta la noche. Nos turnamos entre nosotros para cuidar a los chicos", dice Norma. "Este pendejo se la quiere llevar toda él", se lamenta el hombre que tilda de "morfón" a Messi, mientras los alemanes siguen haciendo prevalecer su táctica fría pero efectiva. 

En la casa a la que pertenece el terreno en el que está la construcción de Alejandro y su familia, su hermano Omar y Juan, un amigo, miran, angustiados, la caída de la celeste y blanca. Los dos son albañiles y pidieron permiso en el trabajo para poder ver el partido. El segundo gol alemán cae con la contundencia de lo irremisible. Alejandro se toma la cabeza. Norma y los chicos ya salieron de la casa. El hombre pide por Verón, Norma es fana de Palermo. Alejandro es de River, la mujer lleva los colores azul y amarillo en el corazón. 

En la familia, todos lamentan la derrota albiceleste. Las tazas con té quedan vacías. Argentina pierde la brújula. Alejandro no puede más. La cara desencajada, la mirada perdida en el abismo, ya no están en conexión con lo que sucede en el televisor. La mujer empieza a guardar las tazas y el mate: "¡¿Qué?!, ¿tres?". "Sí, Norma. Tres a cero ya". Al jefe de familia la desilusión ya le marcha por la venas: "Así ni me entusiasma seguir viendo el partido". Llegan las críticas hacia Diego y Messi. Después, el incontenible Klose termina de tajear el sueño argentino. La desazón es total. Final del juego. "Ahora hay que volver a trabajar", dice, apesadumbrada, Norma. 

En la calle, una taxista sale a su rutina, y se resigna: "Ya está, siempre hay algo peor que perder en el fútbol. Yo vi el partido en la casa de la familia del muchacho que mataron en La Toma. Hay cosas peores que quedar afuera del Mundial".






Pablo Zama

(Nota publicada en El Diario de la República - San Luis - Fotos: Litto Retta). 

martes, 4 de mayo de 2010

Final bochornoso al sueño verdinegro:



Cuando la pasión duele


Roto el alambre que separa el césped de la popular; sofocado el fuego en una de las torres de iluminación; esparcidos por el césped los pedazos de ladrillos arrojados desde la tribuna hacia los policías; retirados con custodia y por la manga, como si fueran delincuentes, los jugadores de San Martín en medio de los proyectiles que vuelan desde la Platea Este lanzados con furia por los hinchas; terminados los cánticos que imprimen el grito que sale desde las vísceras de la desazón: “Que se vayan todos”; destruidas las chances de ascenso a Primera; disparado el último sonido lejano, por calle Mendoza, de una escopeta que estrella en el piso un cartucho más de balas de goma; mojados los párpados de un grupo de hinchas; vaciada la ilusión (3-1 abajo ante Independiente Rivadavia de Mendoza, partido suspendido)… el aire se torna insípido. Se terminó. Salgo de la Popular Norte, la bandera con los colores verdinegros apretada con bronca con la mano derecha, el calor pegándole de lleno a la gorra negra con el escudo de San Martín, la cabeza hacia el piso, la mirada perdida en la tarde, la camiseta blanca con vivos verdes y negros muriéndose en el resplandor de la siesta que empieza a morirse también. Una lágrima se escapa mientras camino entre la muchedumbre que no escucho, porque en mis oídos suena, a todo volumen, Canción de Alicia en el país: “El sueño acabó”. Esta vez no es como en el 2007 después del gol de Tonelotto, la lágrima que llega a mi boca tiene un sabor salado de sal maldita. Tarde soleada y gris, una burla en un dibujo de Fontanarrosa. “Fueron para atrás… Estos hijos de mil puta fueron para atrás”. “El fútbol es un negocio y los clubes una empresa”, sobreviene una lectura nocturna. “¿Qué hacés acá? ¿Venís desde San Luis a ver a estos muertos? ¡¿Estás loco!?”. Ser hincha implica un sentimiento irracional. “Lo único que no puede abandonar un hombre es su pasión”, dice uno de los protagonistas de El secreto de sus ojos. Asalto a la ilusión. El flash sellado en la mente: el paraguayo Mármol pifiándole al balón y cayéndose en el área grande, el delantero mendocino definiendo solo ante el Lucho Pocrnjic. Que ganas de morirse como caído en guerra ajena, ganas de que una grieta se chupe la tarde sin dejar rastros ni anotaciones póstumas sobre el dolor de esos hinchas en la tribuna nueva, la que tembló sin parar tras los saltos de los sanjuaninos cuando Boca pisó suelo verdinegro. La ilusión se esfumó cuando Mármol le pifió al balón y el 3-1 abajo cayó como puñal en las entrañas. “Ladrones, váyanse, no sienten la camiseta”, el pibe, la cara roja de furia, se toma la cabeza y llora, endemoniado, mientras patea el paravalanchas. Un estruendo de silencio arrollador cae sobre las gradas, las imágenes quedan detenidas, las caras cobran una imagen surreal en la que parecen explotar y reventarse, todas, al unísono. Pero en las mentes hay silencio, papeles en blanco ante el terror de la historia que se escribe en un escenario esquivo. “Están velando a un muerto”, diría Walter Saavedra por Radio Mitre. “El malevaje extrañado me mira sin comprender”, piensa Tonelotto, que también terminó en la misma bolsa de quejas y repudios de los hinchas. Gritar, solo queda gritar para vaciar de dolor el alma, terminar de tragar la bilis que llueve a cántaros en cada uno de los hinchas.  

Mientras todo ese cóctel de locura pasa, parece que Tonelotto llora en el medio de la cancha, igual que el hincha que le grita “ladrón”. Ese hincha también siente cómo se le desparraman las lágrimas sobre las mejillas, que arden por la impotencia. Algún plateísta estará advirtiendo también que el Gobernador faltó a la cita: ya no hubo fiesta en el campo de juego con el primer mandatario provincial abrazando a los jugadores después de aquel triunfo épico ante River. Esta derrota no suma votos. También en las calles, la bolsa cayó: los choripaneros vendieron mucho menos que aquella noche de locura cuando San Martín le dio vuelta el partido a Vélez. Cenizas, sólo cenizas quedan en el firmamento.

El silencio se apodera del presidente del club: ni una palabra en las semanas previas, después de la verborragia del año pasado. “El plantel se comió a Hrabina, estos no van a ascender”, eran las charlas de café a principios de año. Nadie se animó a hablar de “camarillas”, de vestuarios intoxicados con problemas de roles y de demasiados caciques adentro de esa tribu que se… ¿olvidó de jugar? “Me parece que estos jugadores no quieren ganar… me parece, que estos jugadores quieren cobrar”, amenaza la popular. “San Martín le ofreció seguir una temporada más a cuatro referentes”, titulaban los diarios. ¿Suspicacia de machos alfas que había que tranquilizar en medio de un vestuario que ardía? “Los jugadores no tienen reacción”, terminó por reconocer el nuevo DT, Quiroz.        

Los pibes patean, desencajados, tras el tercer gol de Independiente de Mendoza, el alambrado que los separa de la cancha, como si estuvieran pateando la barrera que los identifica como ”villeros” en la cotidianeidad y los margina antes de cualquier entrevista de trabajo. Los pibes rompen el alambrado y se sienten protagonistas de la película de sus vidas por primera vez: por la reacción de ellos el árbitro paró el partido. Por la irrupción de ellos en la escena, los policías corren a tapar ese agujero. Los pibes patean los escudos policiales, arrojan pedazos de ladrillos a los cascos de los uniformados, le pegan con el revés de los palos que sostienen las banderas a los policías que les impiden ingresar a la cancha y quedar cara a cara con los jugadores, que cobran un sueldo de más de 20 mil pesos, y pedirles explicaciones de por qué esta tarde no dejaron todo en la cancha. Los pibes no pueden parar, están enfurecidos. Otros miran desde la tribuna el desenlace del bochorno, mientras se lamentan por haber pagado los 30 pesos de la entrada: 30 pesos que pesarán en la sumatoria de los 30 días que preceden al próximo pago de sueldo de empleado público.

La escena: la Policía tratando de calmar la furia de los pibes que tienen como único escudo sus camisetas verdes y negras. En la mitad de cancha, los jugadores de San Martín solo… miran esperando el desenlace. Otra vez, Canción de Alicia en el país: “Los inocentes son los culpables, dice Su Señoría”. Una mitad de ladrillo impacta con fuerza en el casco de uno de los policías que parece desestabilizarse cuando trata (pensando en sus hijos y en ese sueldo de sólo 1.500 pesos) de que los hinchas no lleguen hasta donde están los jugadores, que esta vez no cobrarán el premio prometido (sólo un porcentaje más a su sueldo) porque perdieron un partido clave. Mientras tanto, miles de hinchas que todavía siguen en las tribunas señalan a los futbolistas con el índice: “Hijos de puta, hijos de puta”. La tribuna se mueve, los saltos son cada vez más enfervorizados. “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. Los jugadores no pueden salir de ese circo romano en llamas. Por los altoparlantes una voz grave indica la suspensión del partido. Hay aplausos. “Si estos no quieren jugar, no les vamos a dejar terminar el partido”. En la lucha de fuerzas por una misma camiseta, ganó la furia de la popular. Después de esa batalla absurda todos salen cabizbajos: todos perdieron. Los jugadores verdinegros tratan de esquivar las piedras y se meten en el vestuario. Afuera, los pibes comentan su intrepidez, después de haber corrido por la represión policial que los expulsó del estadio. La salida del Hilario Sánchez es silenciosa. Esta vez nadie quiere hablar del partido. Hay amargura. Pero en la irracionalidad de las pasiones, todos volverán algún día a subirse a esa misma tribuna, con las mismas camisetas y tener la misma ilusión de ascenso que tuvieron en este campeonato que ya duerme sepultado en la miseria de un mala tarde. Todos, al fin de cuentas no pueden salir de un mismo laberinto: “Lo único que no puede abandonar un hombre es su pasión”. Aunque el hambre visite la casa, aunque el gobierno no sea el mejor, aunque la mina de sus sueños los haya dejado por otro, aunque la vejez empiece a hacer mella en sus cuerpos y aunque “este fútbol ya no es como el de antes, ahora todo es un negocio”; aunque todo eso pase, estos hinchas volverán a alentar a 11 tipos (sólo números para la economía del mercado de pases, y los bolsillos de sus representantes) corriendo y pasándose una pelota en la cancha y, tal vez, griten un gol de algunos de los que hoy se llevaron la etiqueta de “ladrones, pechos fríos”.  

Cuando ingreso a mi barrio alguien me pregunta “cómo salió San Martín”. No puedo hablar todavía, aún el nudo en la garganta me turba la charla: con las manos hago señas indicando que la ilusión del ascenso se esfumó. Cierra Canción de Alicia en el país: “Se acabó ese juego que te hacía feliz”. El juego es circular: todo vuelve al inicio. Y lo que hoy duele es la pasión, que siempre regresa, irracionalmente, con la fuerza del optimismo en cada comienzo de temporada.      



Pablo Zama. 

lunes, 26 de abril de 2010

"El Palacio vibra"... con Kameleba:



Otro rugido del León


(Nota publicada en El Diario de la República -San Luis-, con motivo de la presentación de "Vibra Sound" -el último trabajo de la banda-, y de la grabación de un capítulo del programa "El oficio de vivir", de ese diario). 


“Es la búsqueda de ejercicio de derechos”. En el mundo rasta, con la música como expresión social de dolores que no suturan, como arte que sublima con humanidad pesares recurrentes, aparece la expresión que divierte a la juventud. Y ahí está Kameleba, un grupo de villamercedinos que viaja por el país llevando su música y su mensaje. El reggae como excusa. La frase directa, de apertura de esta nota –expresada por Darío Alturria, el líder de la banda-, como premisa de fondo. Ahora a la TV, con el ciclo “El oficio de vivir” de El Diario de la República por Canal 13, bajo el nombre de “El Palacio vibra”, para todo San Luis. La explosión del mítico Palacio de los Deportes en Villa Mercedes en la noche de la presentación del nuevo trabajo de la banda: “Vibra Sound”. Todo capturado por las cámaras en la intimidad de la banda y en el estallido de su público cuando los ocho integrantes de Kameleba saltaron al escenario en una noche inolvidable para los fans.

Las cámaras 1

Los productores de A Media Group y los periodistas de El Diario llegan a Villa Mercedes. La mansedumbre de las primeras horas en la calle no indica nada sobre lo que van a vivir los mercedinos en la noche. En la mañana todo transcurre con la tranquilidad de lo cotidiano. Las cámaras son bajadas de los vehículos y los equipos técnicos revisados minuciosamente.

En la siesta, el Palacio de los Deportes ya tiene ecos de los técnicos de la banda que comienzan a montar el escenario. Un grupo de jóvenes patea una pelota anticipándose a la descarga de tensiones que ya van a venir, ninguno tiene buen pie y el único arco en el que juegan queda invicto. Sin embargo, en la banda hay algo de la mística del fútbol -según el manager de la banda, Martín González, que descansa en uno de los asientos de la platea-: “Los chicos son como Chicho Serna –ex Boca-, hacen de todo para que la banda pueda salir bien al escenario”. Los técnicos (cerca de 11 personas que son parte de Kameleba en cada recital) están en el estadio desde las 10. “¡En el Palacio no quiero recitales de Kameleba, ¿cuántas veces se los he dicho?!”, grita uno de los técnicos y la frase que parece parodiar los dichos de algún funcionario municipal retumba en el estadio cerrado, en la consolidación de una banda que ahora, tras más de nueve años de viaje reggae, como si fuera la Bombonera villamercedina, se colman de emoción cuando tienen la chance de volver al Palacio de los Deportes. 

Existe una atmósfera que irradia tranquilidad. Darío Alturria y sus músicos no están cerca del Palacio, descansan imaginando una noche épica. Las cámaras que van a mostrarle a San Luis cómo es por dentro este fenómeno juvenil llamado Kameleba empiezan a registrar los momentos que están detrás de escena, base que cimenta la puesta en escenario nocturna.
     
Las cámaras 2

“Llegué a entender que una banda no sólo se conforma con músicos”. Mito Zalazar, un diseñador gráfico neuquino que vive en Villa Mercedes, trabaja para Sony y Telefé, y desde hace dos años es parte de Kameleba, mira a la cámara y apoyado en una baranda del Palacio cuenta que es el autor del arte de tapa del nuevo disco de la banda.

Después de una breve charla con Zalazar las cámaras van en búsqueda de la familia de Darío e Iván Alturria. La madre del cantante y el músico, Clara Lucero, pasea por el Palacio mientras los técnicos arman el escenario. “Nos están dando muchas satisfacciones”, dice. De fondo, el sonido del escenario, mientras los técnicos prueban el volumen de los instrumentos hace que la entrevista tenga que ser cortada en varias ocasiones. Clara sigue: “Hemos venido conociendo esta cultura rasta y nos damos cuenta que es algo sumamente interesante, es una cultura muy bella. Es algo muy sufrido, si uno ve la vida del jamaiquino”.
Más tarde, la prueba de sonido inunda de música por primera vez al estadio José María "El Mono" Gatica. Los músicos de la banda pisan por primera vez el escenario, pero sin público todavía. Hay ansiedad. Las caras denotan el nerviosismo característico del pre recital. El manager del grupo pide que la entrevista a los músicos sea después de la prueba de sonido, porque ese es el momento de mayor tensión para un artista. Después de más de una hora, Kameleba baja del escenario y busca los vestuarios.

Las cámaras 3

Las filmadoras no tienen descanso. Llega el turno del productor del disco, Eduardo Bergallo. “Cuando los vi en vivo me di cuenta de cómo los seguía la gente y eso me sorprendió (…) Ahora es muy difícil predecir qué va a pasar con ellos en el futuro y si van a ir probando nuevos estilos”. El productor, de acento porteño, anticipa lo que va a haber en el escenario, tras los comentarios sobre la experiencia de grabar un disco en vivo: “Tiene mucha vibración, es como una especie de toma en vivo, pero en estudio”. Las cámaras llegan al costado del escenario, el técnico Matías Gil habla sobre el trabajo detrás de escena. Por los pasillos del Palacio ya hay movimiento, la carga de la ansiedad es notable. El recital está muy cerca, la inminencia de una noche a puro reggae se posa sobre el estadio. En el vestuario los músicos conversan y terminan de ajustar todas las piezas antes de saltar al escenario. Ya es de noche y desde la ciudad de San Luis salen algunos autos con jóvenes que viajan exclusivamente para ver a Kameleba. Afuera del Palacio de los Deportes los villamercedinos ya palpitan la fiesta con sus hijos pródigos que saltaron a la fama reggae. A Media Group acondiciona los equipos, ya hay casetes llenos de imágines y son cambiados por otros que están vacíos para seguir registrando el acontecimiento. Los guionistas siguen anotando en sus cuadernos y entrevistando a los protagonistas. Ya es de noche, y el gran epílogo está muy cerca.

Film del clímax

Pasadas las 22 los fans empiezan a llegar masivamente al Palacio de los Deportes. Serán al menos 1.200 jóvenes que cantarán y saltarán al ritmo de Kameleba. Los músicos siguen concentrados en el vestuario. Leonel Folch, bajista y fundador de la banda, sale a buscar a su familia. Llega en su auto a Almafuerte al 500 y graba para las cámaras de El Diario. Antes, Darío Alturria habla en el escenario. Son los instantes previos, los últimos movimientos. “Tengo mucho amor por la palabra, porque vengo de las humanidades”, dice Alturria. Folch sigue en su casa, con su esposa y su bebé. Están por salir. Mientras tanto, el cantante cuenta cómo fue el primer recital de Kameleba cuando fueron teloneros de Fidel Nadal en Córdoba y habla también de los inicios del grupo, allá por el 2001. “Yo no sé si voy a poder vivir sin subir al escenario (...) Tocar en Villa Mercedes genera mucha tensión previa, porque Mercedes te pide todo”, sigue Alturria, y se acuerda del encuentro que tuvo la banda con el Negro Rada y la grabación posterior de “Yes mi lord”.

Folch sale de su casa con su familia a las 22:45. Las cámaras lo acompañan en el viaje. El bajista conversa sobre esos primeros momentos con el grupo cuando todo era a pulmón. Folch resalta este gran momento de la banda. Se baja del auto y deja a su bebé en la casa de la abuela materna. Ya está rumbo al Palacio de los Deportes. “La gente hace llover, hace llover a la banda”, grafica sobre el escenario todavía Alturria. Folch llega al estadio pasadas las 23, lo reciben algunos fans. Las cámaras siguen de cerca los momentos previos al show. Ya están todos en el vestuario.

A las 23:50 Kameleba salta al escenario y enciende el Palacio. Más de mil jóvenes gritan y cantan. “Maldita Herencia” es el primer tema. La TV registra todo al pie del escenario. Las letras de la banda también son coreadas por el público, que salta y agita sus remeras y banderas con leyendas del grupo villamercedino. Una noche Kameleba. El reggae de la banda destacada por El Diario de la República en el 2009. Las lentes de las cámaras, como retinas de toda una provincia, registraron todo para mostrarlo por dentro. El León del interior rugió una vez más. “Es la búsqueda de ejercicio de derechos”, dice su líder, Darío Alturria.



                                                                                                                                                Pablo Zama.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Fabricio Pérez:



La espera, de lo inminente


Sus canciones nacen de los sonidos que escuchó desde la niñez. Grabó “Mano sin fin”, su primer video (ver arriba). Un estilo que mezcla algo de folclore con rock. Letras que no incluyen nombres propios. Preguntas que cachetean la existencia. Desde el Dadaísmo al Surrealismo. Esta noche, en Stilo Bar, Pérez Escansión (la medida de los versos).



Algo está por explotar y romperse. La fragilidad de la existencia.


La inminencia de una explosión que parece no llegar y el filo angustiante de la incertidumbre por aquello que se desconoce. Es una carga ancestral de preguntas sin respuestas. La indigencia de previsibilidades que sumen en la impotencia existencial. Todo, conjugado en ese exquisito placer para el artista de fabricar mundos, ahí donde no se ve otra cosa que la pantalla de una realidad carente de certezas. En ese plano, casi caído de todos los planos de la rutina, hay un quiebre creativo que estalla en una canción cuyo rumbo se desconoce, porque las distintas interpretaciones reinventan permanentemente al objeto creado. En ese juego de esquivarle a las convenciones, Pérez es canción y esta noche, desde las 23:23 toca en Stilo Bar (Mendoza y General Paz).


Este joven estudiante de Comunicación Social en la Universidad Nacional de San Juan (tiene sólo 23 años) está decidido a dejar que su transgresión interna hable y que hable a través de esas letras que no tienen nombres propios, con oraciones, en su mayoría, unimembres. Un estilo que deviene de la construcción conjunta de todo lo que fue pasando por sus oídos y de la digestión que hizo ebullición directa hace un año para que este cantautor dijera: esto es lo mío. Desde Luis Alberto Spinetta a Mercedes Sosa, todo. Todo en una alquimia que ahora demarca un estilo que goza de la etiqueta de lo alternativo (aunque a él no le guste ese mote) y lo genuino, salido desde las vísceras mismas de un momento de expresión que sólo llega y se plasma en una canción, ese momento que no puede explicarse y “es una sensación totalmente liberadora”, como dice él mismo.


Se llama Fabricio Pérez, es sanjuanino, y es muy difícil encasillarlo en alguna categoría definida, tanto en el plano artístico como en el plano personal: es sólo Pérez. Con la grabación de su primer video –Mano sin fin-, en forma casi casera y subido a youtube (ver video –grabado en la zona del triple límite entre Capital, Rawson y Rivadavia, cerca de Urquiza y Circunvalación) empieza a dar a conocer sus fabricaciones artísticas, despegadas de toda pose y con el sólo objetivo de intentar transferirle a su público lo que se encuentra en ese espacio extraño de la inspiración: entre lo que sale de algún lugar desconocido y lo que queda después plasmado como letra y música.


Fabricio se considera “híper fanático de Spinetta”, aunque cuenta que le gusta toda la música. Tocó desde los 15 años en bandas de rock y hasta tuvo una incursión por el jazz. Cuando llega la pregunta sobre quién es Pérez como artista, además de rotularse como un tipo de la calle, él dice: “Toco el charango, la guitarra y el bajo como me sale y hago canciones entre folclore y rock y todas las cosas que he escuchado, nada más”. Sus influencias en la niñez fueron los Beatles, porque los escuchaba su padre, y el rock argentino de los ‘80 y los ’90. Actualmente, además de tocar como solista, desde hace un año participa en una banda de rock llamada El Futre (que toca sólo temas propios).


Mano sin fin


“En realidad el video fue una empresa que nunca supimos bien por qué se hizo. Que la armamos con tres amigos, que fue medio en joda y medio en serio. Lo hicimos con un amigo que es director de cine y una amiga que edita, es diseñadora y también estudia Comunicación”, cuenta Fabricio. ¿La idea?: “Fue tratar de reflejar un poco lo que decía la canción, que se refería a la inminencia de algo que se podía romper, de que todo es inminente en algún punto, que todo puede ser. Entonces las imágenes en general son de un transcurrir de alguien caminando hacia algo, no se sabe qué, y la persona que habla, que en definitiva soy yo, está siempre esperando una explosión o que algo pase, que algo estalle, que es inminente. También habla del lugar en el que se pueden encontrar, donde pueda explotar eso finalmente”.


-¿Es una canción de la espera?

Sí, puede ser. Es una canción de lo inminente, por eso las imágenes del sin fin, por eso el ejemplo de la sierra metálica, como que todo está por ser y siempre es así. Además, la idea de la mano tiene que ver con la transmisión a través de la música, de las bocas de los instrumentos y de las manos que los ejecutan. Entonces es como que las manos en esos momentos inminentes no tienen fin, no van a dejar de rasguear ni de tocar. Por eso lo de la sierra, por eso los vasos, por eso la mujer mayor como signo de lo frágil, por eso lo del vidrio también. Es como que está todo a punto de romperse.


-¿Te acordás cómo surgió la letra, cuál fue la motivación para escribirla?

Sinceramente, no tengo idea. Mis letras generalmente hablan de lo mismo, de la relación del artista con lo que está por decir y el momento en que lo dice, además del momento en el que uno se está encontrando con el que lo escucha. No es nada nuevo, lo hizo Borges a Cortázar, lo hicieron millones de artistas antes que yo, pero es tan inabarcable que me surgió a mí también.


-¿Una construcción conjunta y, a la vez, una propiedad de nadie en particular?

Sí, en definitiva lo que estamos haciendo es encontrarnos en ese momento el emisor y el receptor en una canción. Es un encuentro extraño, pero es un encuentro al fin. Y es un encuentro que cada vez que se activa es y no deja de ser. Es como cuando Borges hablaba de los libros y que todas las historias están en una. No me considero un artista todavía, pero creo que a los artistas en general les atraviesa esa idea. Y yo quizás esté cerca de eso.


El estilo


Fabricio aborrece los géneros, le huye a las poses de los artistas y a las poses en general. Por eso se infiltra en eso que se conoce como “arte alternativo”. Sin embargo, Pérez ya dijo que no se considera todavía un artista y tampoco quiere el mote de “alternativo”. Entonces, ¿estilo?: transgresor, Pérez, nada más. “Creo que uno hace lo que le sale, es una manifestación -dice- De hecho tengo canciones folclóricas y tengo otras canciones que son rock puro y otras que parecen cumbia. Porque no tiene sentido el encasillamiento y la separación, la música es una”.


-En Mano sin fin se ve algo muy original, un poco de folclore, pero también hay algo alternativo, ¿cómo surge esa mezcla?

Veía que en Argentina había un resurgimiento en el folclore, pero desde otro estilo. No me gusta decir esto, pero le llaman “fusión” o “folclore alternativo”. Para mí son simplemente las mismas formas, los mismos sonidos que el folclore inevitablemente iba a tomar, como el rock obviamente tomó o como cualquier movimiento que necesitaba adecuarse a los tiempos que corren. Entonces me interesé mucho por ese tipo de música, que tiene muy buenos representantes, como Mercedes Sosa. Y así surgió Mano sin fin, no sé qué estilo o género es, porque tampoco es folclore sino que tiene aires de todo.


Toda esa estructura desestructurada de hacer música, toda esa alternatividad y esa mezcla van impresas también en su primer disco y que está en las vísperas de ser grabado. Pérez da a conocer a su criatura: “Esas canciones hablan un poco sobre eso de encontrarse en la canción, de las manifestaciones de uno. Hay muy pocas que hablan de algo en particular. No utilizo nombres propios. Son canciones que tienen muy poca letra, de hecho el disco se llama Escansión, que es un modo literario que tiene que ver con la métrica de los versos y cómo se ajustan esas métricas a ciertas otras cosas. Además, mis letras son siempre de pocas palabras, son oraciones unimembres, generalmente. Y el disco va por ese camino”.


-¿Cuándo escribís tenés una técnica parecida al automatismo psíquico, de los poetas que escriben lo primero que va saliendo y le van dando forma, y que en ese proceso se encuentran con algo que tenían adentro y no lo conocían?

Exactamente. Siento mucha conexión con esa primera etapa del arte del siglo XX, del Surrealismo y el Dadaísmo. No porque sepa demasiado sobre eso sino porque me encontré un día con que funcionaba así, como yo lo hacía. Te salta algo desde adentro que ni siquiera sabías que tenías y se despierta una inconsciencia extraña.


-¿Al momento de la creación cómo la definís?

No sé, para mí es casi una necesidad. No sé cómo decirte qué es, pero no es un momento difícil, es totalmente liberador. Lo siento así, liberador, no lo siento un momento complejo, ni complicado. No impongo escribir algo: sale y ahí quedó.


-¿Cómo toma tu música la gente cuando tocás en los bares?

No tengo idea… te miran con cara rara (risas). Pero no me parece nada extraño tampoco lo que hago.


Esta noche, en Stilo Bar, Pérez se enfrentará otra vez al público. La ansiedad tiene el mismo tamaño que las expectativas. Fabricio anticipa que además de su música, con sus amigos van a montar proyecciones, entrevistas entre canción y canción y habrá postales para entregar, en todo un show a lo Pérez.


Además, esta noche Fabricio echará a volar otra vez su arte del que asegura que ya es su vocación, porque “hace casi un año decidí dedicarme definitivamente a la música, porque me di cuenta que realmente tenía cosas mías, que por ahí el nivel que tenía podía ser importante y que lo que estaba diciendo era interesante para que alguien lo escuchara. Quizás cuando me di cuenta ya era un poco tarde, aunque he estado en diferentes bandas desde chico”. Fabricio toca la guitarra desde los 12 años. Así empezó todo. Y así seguirá hoy.



Pablo Zama