domingo, 23 de marzo de 2008

Al diablo con el troesma

(Cuento publicado en Diario El Zonda de San Juan en Marzo de 2008)

Por Pablo Zama
En la reminiscencia duerme un día que no podrá ser objeto de ninguna detracción. Paredes ataja para instalar la certidumbre de que el Rojo puede jugarse el todo por el todo para quedarse con un partido más. Las conversaciones con el Bocha son momentos de lucidez cabalística necesaria.
La silla reside, por cábala, en el mismo rincón de todos los días o, para la suerte de un domingo, la silla está donde quedó después de la última victoria.
Está en el almuerzo, mira de reojo TyC Sports. Come angustiado. Come rápido y espera, nervioso, la hora del partido.
Ya está encerrado en la habitación de los domingos. Se persigna. Le reza, de rodillas, a una de las tantas fotos de Bochini.
-Hoy ganamo´, hoy ganamo´, decime que hoy ganamo´ Bocha...
La repetición de un hecho durante varios fines de semanas se torna en acto reflejo.
Assman encabeza la salida a la cancha. Paredes, ex arquero de Colón Junior, no disimula su admiración por el ataja imposibles que tiene el Rojo.
El golpe de efecto que tiene en la fabricación de cábalas lo lleva a callarse. Paredes se vuelve mudo durante 90 minutos. No habla, no se mueve, sólo mira, de costado, la estampita de la Virgen de San Nicolás. Paredes calla, pero la conversación interna con el Bocha no cesa. Sólo vive, para él, la foto de Bochini en la repisa, lo demás es naturaleza petrificada.

-Si estos pierden hoy, me hago de Sacachispa´. Te lo juro Bocha. Esta vez no te jodo. Me hago de la primera camiseta que pase por adelante mío. Vo´ no te tenías que retirar troesma, vo´ tenías cuerda pa´ rato.
El nerviosismo lo carcome por dentro y ahora ya patea la cama en descarga, en veneración a un delirio, poco explicable, de hincha. Pero... algo rompe el silencio. El Rolfi Montenegro ingresa al área y se la sirve, solo, a Denis.
-Goooollll, la que lo p'rio Bocha!! Gooolll!! Te lo dije Bocha, el Rolfi nunca va a ser tu sucesor, pero juega bien el negro che. Miralos, están fritos estos pecho´ frío´, ni el Chango Cárdenas los salva ahora...
Independiente gana el clásico. Pero el real rival son los nervios. Y el pesimismo se apodera una vez más de él. Es el pesimismo propio que da el miedo de hincha. La angustia por no poder conocer la suerte del equipo en un futuro tan cercano a sólo unos minutos, efímero transcurrir, que tiene la misión de fanático en un domingo.
-Estos van a perder Bocha, ya vas a ver. Son tan inútiles que le van a dar vuelta el resultado, nunca falta un gil que se equivoque. Volvé Bocha, vo´ nunca te tendrías que haber ido. Te juro que me dan rabia. Casi siempre, cuando tienen todo servido, se comen uno y lo empatan o lo pierden. Te digo más Bocha, nunca falta uno que se haga expulsar y tire todo al mismísimo cuerno.
Hay viento. El televisor falla. El partido está en los últimos minutos.
-La que faltaba. Que viento de porquería. Dale! televisor y la p.... Lo único que nos faltaba Bocha! Ahora nos clavan uno y me muero. Culpa de este p… viento!
Hay una jugada dudosa en el área del Diablo. Racing llega con pelota dominada. El televisor tiene la imagen casi derruida. Y el sonido de la desgracia se escucha a través de un alarido irremediable. La silla va a dar contra la ventana y la camiseta roja, junto a la foto de la repisa, cayeron, inexorablemente, al piso.
-Nooo!! Que perros que son!!! ¿Te lo dije o no te lo dije Bocha? Estos son unos mediocre´. No me miré´ Bocha. Yo te lo había dicho. Ya ni suerte le das al equipo. Son todos un desastre. Te juro que me hago de Sacachipa´ eh?!. Te lo juro por mi madre Bocha (ahora la naturaleza petrificada empieza a ser parte de su vida otra vez). Te lo digo como que me llamo Parede´. Me hago de cualquier otro clu´. Bocha y la pu... Vo´ también no ayudá´ en nada che. Para qué te doy tanta bolilla yo también. Siempre lo supe, nunca fuiste bueno vo´. Fuiste un matado, un perro de m… Bocha. So´ un desastre… Bocha y la p…!!!

lunes, 10 de marzo de 2008

Sinsabor... mensajes en la radio


(Texto publicado en Diario El Zonda de San Juan en febrero de 2008: San Martín 1 - Gimnasia La Plata 1)


No fue una tarde sublimada para el hombre de la calle, cercano a la cancha. Su equipo empató frente al Lobo. El fantasma del descenso rejuveneció desde una portátil encendida. La ilusión duró poco. Su tribuna, como siempre, fue la voz de un desconocido. Su karma... otra tardenoche a la deriva...

"Sale San Martín al campo de juego, los ecos de la popular caen sobre el alambrado, erosionan el césped y llegan a tocar el alma de los jugadores". Los relatos de la radio portátil, los gritos de algún desconocido escapan a la visión. Pero la capacidad imaginativa del vendedor de choris de la puerta del Hilario Sánchez no es mala. El acostumbramiento a la actividad de concebir una jugada desde la capacidad sonora es común ya. Los choris se van haciendo...
El nerviosismo empieza y los alaridos desde la Popular Norte estallan en el aire de Concepción.
"¡Pitó Bassi! Empezó el encuentro y ya la tiene el Verdinegro, Galván aprovecha un rebote, la pisa y la coloca para Pacheco, abre ahora el juego San Martín sobre el sector derecho...". Una coca marca común se desliza por la garganta del hombre de la esquina de Mendoza y San Lorenzo. Desde allí, imagina, como cada fin de semana, que su equipo gana. Imagina que el relator es un profeta que empieza a endulzar su oído. Imagina que, cuando el circo romano disputado en el estadio finalice, los choris se volarán. Una buena jornada laboral, y un triunfo para San Martín. "El equipo sanjuanino domina el partido. La lleva atada Galván, deja dos hombres en el camino, la toca hacia la derecha para que aparezca casi como un falso iluso la Rata Bravo. El balón vuelve hacia atrás. Otra vez para Galván, le va a pegar, le pegooó... y la pelota pasa lamiendo el travesañooo!!!..". El último sorbo de gaseosa quedó entre la laringe y el esófago sin querer bajar. La tensión paraliza y el aullido de la portátil hace temblar el carro de choripanes en medio del juego verdinegro. No está en la tribuna, aunque quisiera. No tiene otro romance futbolístico que éste, pero el mango para la casa prima en otro fin de semana que intenta sublimar la vida. O por lo menos... otro fin de semana que, en la efimeridad de los noventa minutos, intenta girar un destino para alegrar a un anónimo, a un común en una calle concurrida, en un lugar cualquiera. Para él la tribuna es ésa, vive los estallidos de la popular como propios, se estremece con cada jugada y ve, él jura que puede ver, en su mente, a través del receptor, los ataques verdinegros.
El primer tiempo gasta su nafta y desde la radio se anuncia que San Martín jugó mejor. Arranca el acto número 2. Empieza a rodar la bocha y, en su oído, Pedro escucha casi como un relámpago especial: "Se viene San Martín sobre el arco de Kletnicki. Se vaporizan los minutos, pero estamos recién llegando a los 15. La pelota pasa por Pedro Galván que no está teniendo su mejor tarde. El pase es ahora infructuoso, pero resurge otra vez el Verdinegro. Atención, aparece Matías Garcíaaa!!.. la pelota para Bravooo... entró solo al área. Está, está, lo tiene la Rata, es gol de la Rata, tiróooooooooolll, goooolllll, gooooolllll... de San Martíiiiinnnn!!! La pelota le hizo una burla al destino de Gimnasia. Matías García la tocó con sorpresa al vacío. La Rata Bravo coloca el primero. Un golazo del Verdinegro!! Lo hizo Martíiinn Bravoooo!!!...". El festejo es enloquecido, los aullidos desde el Hilario Sánchez llegan y se posan sobre calle Mendoza. Ahí, hay un hombre festejando solo. En ese lugar, hay un irrecuperable fanático que grita, salta solo, festeja y saca lumbre a su alegría efímera en ese amontonamiento de emociones que significa el grito de un gol. La gaseosa fue a parar debajo del carro, y el instante es mágico. Pedro festeja. Pedro imagina y sigue prendido al receptor. Siente que un puñal se le hundió muy adentro al rival y la alegría es la victoria propia, la caída ajena...
Pero el destino, en un lapso minúsculo, puede cambiar. Lo sabe, y por eso ruega que el Verdinegro siga en posesión del balón. Se enoja con el relator, que le dice que San Martín perdió la pelota en la mitad de la cancha. "Pero qué sabe este pelot...". La rabia se aproxima, pero el hombre no llega a apagar el radioreceptor casero. Sigue escuchando. No hay nadie en la calle, los choris pasaron a un segundo plano, pero tiene todo bajo control.
El relato final es aterrador: "Treinta y dos minutos y moneda. El Lobo se acerca y quiere bloquear la ilusión sanjuanina. El ataque es peligroso. Buena jugada por la izquierda. No lo toman a Piattiii, la pelota queda boyando en el área... Le cayó a Piattiii.. gooollll de Gimnasia!!...". De una sola patada, la radio cae al piso y se apaga. El sabor es amargo y los mensajes desde la radio culminaron. La venta fue regular. El fin de semana se le clavó en medio del alma, como apostilla irremediable, como... otra frustración más en la vida...




Pablo Zama.

viernes, 7 de marzo de 2008

El día en que salté la barrera


(Cuento publicado en la revista El Superclásico de San Juan y leído en el programa "Contame una historia" de Radio Vida de San Juan en el 2007)


Era el perfume a camarín alumbrando una vez más mis reminiscencias, olfativas, no sé..... Pero el eclipse mental y las ideas de avasallarme sobre el campo de juego fueron el impulso para un día especial. La popular ardía como nunca, era el partido de mis sueños, y yo estuve ahí. Después de que la pelota pasara la línea de meta la piel se me volvió un cóctel de recuerdos hacia futuro; definitivamente ése iba a ser un día de gloria.....

Cuando dije que iba al partido, en mi casa más de uno creyó que lo mío era un impulso transitorio, que desistiría porque íbamos de punto. Pero..... ¡era la final del regional! Estos estaban locos si creían que sólo era un momento de ímpetu acalorado. Esperé toda una miserable, larga, monótona y angustiosa vida para hacer ese gol.
Llegué a casa de Eugenio a que me lustrara los botines como nunca antes alguien los había lucido. Era todavía temprano y hasta me dio tiempo para avisarle a Carucha que ya tenía las entradas para él y que llevase consigo la filmadora porque iba a ser un momento histórico. Preparé todo tan minuciosamente que la imaginación parecía estar sellada en una realidad tangible, aunque toda esa realidad era sólo una proyección sin verdad todavía en vista.

Cuando las agujas del reloj de pared de la casa de mi suegra marcaron las 4 de la tarde, enfilé como un rayo asesino hacía la ruta 20. Casi inmediatamente abordé el Ford Sierra de Carucha. Él, junto al diario del lugar, iban a ser mis testigos de lujo, mis mejores comprobantes de que no soñé tal fenómeno.

Al llegar, el escenario parecía ser bastante alentador en la cancha del Club Pilares de Gardel, que recibía a mi Instituto Piñares con un césped impecable; ni la gramilla de mi torta de cumpleaños número 10 lucía un espectro verdoso tan invitante como este. Las pupilas se aniquilaban de emoción cada vez que miraban la inmensidad de nuestra popular. Estaban todos, nadie faltó a la fiesta. Mi viejo, ya en el cielo, debe haber estado expectante junto a San Pedro mirando el desenlace de mi apilada hacia el área contraria. Hasta mi vieja recuerda la transmisión de Radio Nacional cuando el relator estaba atónito y la garganta se le había confundido con el corazón en un lugar poco conocido para él. Es que en ese momento Miguel Fuentes creía estar inmerso en el hecho más insólito de su larga vida periodística, creía estar relatando dentro de su inconsciente, o por lo menos en un sueño ajeno. Al comenzar ya lo iba percibiendo: "La pelota va para Madelón. Inmediatamente surge con firmeza Salinas que manda el esférico lejos de todo problema; lateral para Piñares..... En este instante comienza a preocupar la situación en las populares, tanto visitantes como locales poco a poco suben sobre el alambrado olímpico. Pero el partido continúa y dominan los ´gardelitos´ hacia el sector del callejón derecho; allí la tiene Esteimer que deja dos hombres en el camino, la pone en diagonal ahora para Torres. Éste que no llega al cruce y la pelota se va al saque de meta para los visitantes....."


Mi momento todavía no había llegado y me mordía los labios esperando la oportunidad de ser por primera vez la tapa del diario La Mirada del Pueblo. Surgían embates terribles en nuestra área, nuestro mediocampo se confundía con la última línea creyendo estar al borde del nocaut. Esos hipócritas eran imparables. Sí, los de Gardel. Ellos mismos solían burlarse de su apodo de hipócritas. Esa marca se la ganaron el día en que perdieron un partido frente a Sportivo Del Faro sólo para perjudicarnos a nosotros, ya que marchábamos segundos atrás de Faro en la última fecha. Esa tarde, ellos relegaron su propia clasificación al campeonato inter-regional nada más que para malograrle el triunfo a Piñares. Después de la infamia el negro Leanza, técnico de Pilares de Gardel, lloraba frente a las cámaras diciendo que habían hecho todo lo posible para la clasificación. Inmediatamente un periodista no pudo conservar su supuesta imparcialidad y a la voz de su corazón sentenció: "¡son unos hipócritas!". La imagen dio vuelta por todo el país y desde allí lo hipócritas son los de Gardel.


No creí demasiado en los prejuicios ajenos. En el barrio todos me decían el loco, solían gritarme que era un inútil, que tenía los pies redondos. Yo sólo sabía pegarle de chanfle, porque el dedo pulgar, ese frustrante dedo gordo, lo perdí en un accidente en moto. Una de mis piernas fue a dar contra las ruedas en movimiento de un camión de conservas de la fábrica Melcar, y desde ese día me tuve que olvidar de usar ojotas. Es así como me perdía goles hechos, olvidando que la pelota carecía de equilibrio sobre el frente de mi pie diestro. Nunca me voy a olvidar de aquel día en que jugando en el baldío de Villa La Esperanza quedé solo frente al arco, sin arquero, sin defensa y servido a mi destino, pero la tiré al córner. Era una ominosa discapacidad para darle llegando por el medio.


Pero lo de la tarde soñada fue distinto, ese día supe acomodarme para elegir el mejor lugar para el chanfle. Antes de eso, el Pájaro Fuentes hacía futurología: "El árbitro Guirado todavía no ha tomado conciencia. Señor oyente, esto puede ser poco menos que una catástrofe; lo hinchas se acercan peligrosamente a la cima del alambrado. Radio Nacional no se quiere hacer responsable de lo que aquí pueda pasar, por eso sugerimos a los dirigentes que tomen cartas en el asunto, el destino del partido puede cambiar si uno de estos inadaptados ingresa al rectángulo verde.....". Nadie le creyó a Fuentes porque siempre tuvo fama de relator de irrealidades, en los clubes se lo acusaba de inflar más de la cuenta las acciones de los espectáculos deportivos. Es más, cada vez que surgía una burla callejera de maliciosa mentira se solía acudir a la expresión de asegurar que era "de buena Fuente", parodiando el apellido del locuaz relator.


Igual yo estaba dispuesto a vivir mi fiesta sin que me la arrebatase alguno de esos que se creen videntes del fútbol. Recuerdo que Carucha se comía las uñas al ver que Piñares no daba pie con balón dentro del campo de juego. Los muchachos estaban desorientados. Nunca lo había visto al Flaco Fleita tan asustado en la marca, ni creí que, al otrora excelente delantero Madelón la pelota le quemara tanto en sus entrañas como para deshacerse de inmediato tirándola a cualquier lugar. Se venían los de Gardel y la sentencia parecía estar firme. "Cero a cero señores, pero aquí nada está dicho. El balón viene al mediocampo para que domine como en toda la tarde Olivares, ´el chueco´ la mantiene bajo su botín izquierdo. Avanza una vez más Pilares de Gardel ahora por intermedio de Pereyra, el 8 que ya la suelta para Marcelo Castro. Atención que viene el remate de Cassstroooooooo!!!!!!!, y la pelota le saca chispas al ángulo superior izquierdo del Paraguayo Esteche!!!; se acaba de salvar otra vez Instituto Piñares....." Parecía la crónica de una muerte anunciada, los relatos de Nacional le taladraban el oído derecho a mi vieja que siempre seguía los partidos entre sueños, mates y rebanadas de pan casero untadas con mermelada de durazno. Sentía cada vez más cerca mi instante de gloria, estaba ansioso; el Carucha me hacía señas a lo lejos anticipando que el partido se iba. Efectivamente era así, el cronómetro disparaba 45 minutos de la segunda parte, tiempo cumplido. El juez del partido decidió adicionar nada más que dos minutos. El grito fue unánime: "¡estas loco, payaso!". Sentía una mezcla de impotencia y presagios alegres. Pero en ese efímero tiempo de mi vida entendía que nos quedábamos sin campeonato, que sólo ganando se tiraba a la basura toda una mufa de veinte años sin triunfos, y nada menos le podíamos arrebatar la historia de esa gloria a los hipócritas de Pilares de Gardel, nuestro rival de toda la vida. Fue cuando pensaba tal cuestión que decidí cambiar el escenario que las estadísticas reflejarían algún día, lo supuse cuando el cronómetro diluía su participación en sólo 35 segundos más. Apenas ingresé tomé posesión del balón. No quise mirar a nadie, sentí una ráfaga de gritos de Carucha que se transformaron en algo así como un hierro al momento de fundir, traduciéndose en un calor inconmensurable que me agilizaba los pies como nunca. Arranqué por la zona izquierda, cruzando hacia el carril de la derecha buscando el mejor perfil para mi chanfle, y en ese lapso pude ver la cara de sorpresa de los de Gardel que no sabían si marcarme o dejarme pasar. Pude avanzar por entre la mirada atónita de cinco rivales. Luego, costeando el área grande, siempre sobre la derecha, divisé al arquero Paredes haciendo todo tipo de señas en el sector del punto del penal. Cerré los ojos, saqué el chanfle más portentoso de toda mi vida. Desde mi nacimiento hasta ese día, todo pasó frente a mis ojos. La pelota hizo una parábola diáfana delante de un ocaso nuboso para esa tarde de pleno invierno, después bajó inescrupulosamente para quedar colgada como guirnalda de casamiento en el corazón mismo del ángulo superior izquierdo de un arco que parecía achicarse, e inmediatamente salí gritando como endiablado por el medio de la gramilla; y en un escenario de maniquíes inmutables canté victoria: "¡Gooooollll, Carucha!, ¡Lo hice, Carucha, lo hice; somos campeones!!!!.....".....


Al día siguiente, el diario La Mirada del Pueblo titulaba: "INSÓLITO: UN HINCHA DE INSTITUTO PIÑARES DETENIDO POR FRUSTRAR LA FINAL DEL REGIONAL.....".....


PABLO ZAMA.

martes, 4 de marzo de 2008

dosis-evasión



voy

evitando destinos

los cruces del agua

sobre mi sien son necesarios

salto los charcos loco-feliz

me mojo

no caigo

no veo la pared es terrible

no choco

me perfilo-doy media vuelta

camino al ostracismo-casi

los miedos no son antiguos

mi cara está desecha

el agua-sus estragos en la noche gris

corro

corro sin mirar

huyo como loco acelero

cortinas húmedas

ojos que gatillan

la lluvia lacera

la audacia

amanece

saca lumbre a mi inconsciencia

despierto

escucho

grita Soda

“No es algo heroico, es algo más bien enfermo.....”

corro bajo agua

y caigo de mi estupidez momentánea

me refriego en un pavimento que lastima

caigo sin percibirlo

estoy abatido-voy hacia el vacío

la luz es tenue

en la noche tarde

la lluvia cesa

el silencio apabulla

los olores mundanos están encima

me atomizan

es mi selva-muero de inconsciencia

tarde

me doy cuenta

estoy atado a cadenas

preso de tópicos

la rebeldía cayó al pavimento

percibo

estoy jugando

un partido que no es el mío


PABLO ZAMA.

martes, 26 de febrero de 2008

Flash onírico de 90 minutos


(Boca en San Juan, frente a San Martín: Texto publicado en Diario El Zonda de San Juan en marzo de 2008)


Se levantó, pero siguió dormido, envuelto en un sueño extraño. Y pensó que la entrada estaba cara. Que San Martín perdió. Que los efímeros momentos de ilusión fueron... nada más que eso. Que se levantó a la 9.00 para estar en la cancha desde antes de las 11.oo, o por lo menos eso cree ahora. Que casi no comió y el cansancio le hizo mella varias veces mientras la espera, la larga espera se sostenía como un puñal sobre su estirpe de hincha asombrado. Que la esquirla clavada, insuperable, en el medio de las vísceras, en el segundo gol de Palermo lo paralizó. Que tal vez quiso llorar cuando insultó al equipo del que fue fanático de chico y ahora lo tenía ahí, ante su nuevo amor, el que eligió después. Que el taxi para volver no pasaba más y un remisero futbolero, Juan Carlos, tras su dial clavado en la radio deportiva, se apiadó de la desgracia momentánea y lo llevó a destino, con la cabeza gacha....
Nada , sin embargo, borrará de las retinas, de ese sueño de hincha, ni de la larga espera. Nada, en absoluto, borrará las imágenes que ahora caen a borbotones, como una magia insuperable, mientras camina hacia la plaza de Concepción, en una calle atiborrada de hinchas con sentimientos cruzados. Nada extinguirá el fuego sagrado de ese hincha que sintió tocar el cielo con las manos en una tarde inolvidable.
El circo, ese día que jamás volverá a vivir, en ese dormir sagrado, es lo que le vale, como recompensa a su fe ciega en el equipo pobre que pelea como puede ante los embates de las grandes urbes. Soñó que Battaglia pegó a gusto y placer. Que Vargas tuvo licencia para comerse vivo a los rivales y que Furchi, un hombre de negro, miró para otro lado.
Enfrentado al equipo con el que prácticamente nació al fútbol, ahora apoyando a su humilde San Martín sanjuanino que adoptó en el camino de la niñez a la pubertad, con sentimientos extraños, las imágenes son ahora flashes de un largo recorrido en una vida cargada de potrero. Todas las fotos corren efímeras, como la filosofía de su vida, como las locuras que hace por euforia, por la camiseta que ama. Ahora, mientras no termina de despertarse, la música de la hinchada sigue ahí, los embates visitantes no interesan. El circo, el momento, la mirada de los jugadores hacia la tribuna en el precalentamiento mientras el enjambre grita y la popular se mueve, son fotos imposibles. El calor no interesó, el hambre pasó a un segundo plano y, apretado en las últimas gradas, presenció un hecho indescriptible. Y supo, casi sin querer, que, de repente, un cuento, remoto en el recuerdo, leído por Alejandro Apo en Radio Continental, una entrevista, se le vino a la mente para saber que sus ojos veían lo que alguna vez sintió como cotidiano a través de un receptor con voces capitalinas. Supo, además, que el genio de Walter Saavedra, ni más ni menos que el relator-poeta de Radio Mitre, el más grande de todos, llegó hasta su casa, y estuvo narrando, como él sólo sabe, la lucha entre David y Goliat. Que el Bocha Uriel, ese que tanto escuchó por Cadena 3, en los ruidos domingueros que venían desde el fútbol grande, también estuvo un día, en el de las fugaces imágenes que ahora se le vienen en el Hilario Sánchez.
Este hincha se apioló, camino a la plaza, tras el partido, del que fue parte de una historia que pocos pueden vivir. Entonces, mientras arma este rompecabezas de imágenes sueltas, desde el asombro y la ignominia por el padecimiento de una derrota. Mientras Palermo corre, eternamente, hacia la Platea Oeste para festejar su gol y Walter Saavedra tal vez disparó la letra tanguera... "el malevaje extrañado me mira sin comprender...". En ese momento, tal vez quiso vaporizarse, desaparecer.
Antes, en la parada del colectivo, una señora, que tal vez no entiende nada de fútbol, le dijo: "Que Dios lo bendiga, que sea por lo menos un empate". Quizás cayó en la cuenta de que -sigue armando el rompecabezas, tardíamente- la provincia ahora está con su humilde equipo. Entonces, el frío indescriptible de largas tardes de Nacional B, en el que el último lugar de la tabla quería sepultar las ilusiones, se le viene, como lluvia, a la mente. Y hace unos minutos estuvo saltando, gritando enfurecido, las canciones de siempre, pero que ahora cobraron ribetes distintos y el... "hey mi amor / te sigo a todos lados / todo descontrolado...", gatilla el oído, sube hasta la garganta y son, quizás, huellas mnémicas, profundas, imposibles de borrar de tiempos remotos que están presentes cuando se está pariendo la historia en el mismísimo césped que miró en tardes de frío, tardes de calor, cuando la cancha estaba vacía. Pero este día se tuvo que levantar temprano, lidiar con una larga cola y horas interminables para vivir 90 minutos de un placer que no se cuenta con palabras. De un placer que vivió y sintió, únicamente, en ese momento extraño.
Quizás se levantó un día temprano y no se despertó del todo, quizás todavía está soñando. Tal vez el trapo pegado a la Platea Este que reza "no me despierten" sea nada más que eso, está soñando otra vez. Se levantó temprano, pero no se terminó de despertar, y en ese momento onírico, en ese espacio impreciso, se enteró que Boca, nada más y nada menos que el Xeneize campeón de la Libertadores jugaba esa tarde con su humilde equipo de camiseta verdinegra. En el sueño entró a la cancha, subió hasta las últimas gradas de una popular que más tarde tembló como nunca. Dejó la garganta en la tribuna, vio cómo un tal Caranta sacó pelotas imposibles, que un tal Riquelme no pudo imponer demasiado su juego. Soñó que Tonelotto estuvo a punto de concretar. Que su equipo, con el que tuvo idilios de ascenso, le jugó de igual de igual, en una gramilla que será testigo de su ocurrencia surreal, a ese poderoso equipo que lleva impregnados los colores azules y amarillos de su niñez. Se levantó a las 9.00, siguió soñando hasta entrada esa noche mágica en que los portones de la cancha se abrieron y salió con gente anónima de un lugar que conoce como la palma de su mano. Se le ocurrió que su hinchada tuvo cruces de cánticos con la 12. Pero, en la inconsciencia de ese momento, extraño sueño, no pudo dominar un resultado a favor. Y los sueños... son así, son caprichosos. Miró su camiseta, era verdinegra, era de Primera, esa camiseta había jugado con Boca. Tal vez algún día despierte...



Pablo Zama.

miércoles, 30 de enero de 2008

Un gol en el barrio.

A cancha llena

En los ingresos de una eclosión. Bombas de una vigilia intensa. El sol rompe este, mísero, sentido y salgo a la cancha. Tal vez salgo sin querer. Pero soy sólo parte de ese enjambre que grita, sus delirios de guerra, solapados tras una camiseta.

Tengo el giro, literario, futbolístico, a placer. Con pie preciso reviento los piolines, saco pecho y dedico la proeza a los insalvables. O por lo menos eso me figuro en mi mente.

Un enganche a la izquierda, otro a la derecha. Gambeta maliciosa. Gambetas que me llevan hacia lo desconocido. Quiebres de cintura en medio del área 18. Estoy rompiendo, creo, el padecimiento de un esquema. Poco se puede germinar de todos modos, la cancha, el césped, es casi infértil en ocasiones.

Camiseta verdinegra, pecho erguido, mirada repulsiva hacia el rival. Voy camino hacia lo desconocido, pero sigo en la tribuna. Creo estar adentro. Juego y margino patadas que quedan inconclusas porque dejo a la deriva algunos embates. Esquivo esquirlas de botines. Disfruto, creo.

El lateral derecho me cruza y le paso la bocha por sus sienes, viaja despacio. Un sombrerito que resulta apócrifo porque el pie izquierdo del lateral se me clava como puñal en el abdomen.

Me levanto, como cada golpe, en cada batalla. Tomo la bocha, el tiro libre es mío y de nadie más. Me figuro ser el Seba Brusco frente a River.

Acomodo, minucioso la pelota, un compañero se acerca. Al palo de la barrera, me grita. En mis recuerdos tengo grabado ese 26 de agosto. El grito al unísono de “Brusco, Brusco, Brusco”, en un pedido desgarrador de toda la hinchada tras la posibilidad del tiro libre.

Me preparo. Miro al arco y no al arquero. Dejo de lado la posibilidad de obstáculo de la barrera. Es un tiro libre a la vida. Pateo, fuerte. Con las entrañas que me quedan temblando siento venir ese aire portentoso y sagrado. Se abre la puerta del cielo y el ángulo es el cálculo justo.

Grito, me abrazo con nadie, tal vez esté todavía tan sólo como al principio de ser una leyenda tras el golazo. Corro hacia la popular, yo mismo estoy gritando ahí adentro, en esas gradas que tiemblan. Pienso que es a cancha llena.

Tan sólo un estampido que el tiempo borrará, dejará para siempre lleno de olvido en un rincón. Escucho el rumor del pasado, aquellos instantes que figuraron escenarios felices y aquellos que taparon sus fulgores.

Salgo de la cancha, me firmo un autógrafo para mí. Fue a cancha llena, que golazo, me digo. Un número en la vida, el 10 en la espalda.

Un gemido siempre escuchado pero poco entendido de un bebé. Más allá una vieja mira, limpia, sus suciedades, y clama por una juventud mejor.

Volver a empezar, a cancha llena, tal vez otro escenario, un golpe de suerte que depara el área 18. Un estampido al que te hizo mal y un gol al centro del alma para paralizar la furia de las malas rachas.

Otro quiebre de cintura para no equivocarse y un pase gol que en cualquier momento llega. Un giro estilo Tonegol para largarse a llorar de júbilo. Un palo en el arco de Boca.

En el baldío algunos juegan, transforman sus vidas. La organización social futura en un esquema de 11 contra 11.

Los defensores: tipos casi burros de carga para corregir los errores ajenos. El arquero: que tapa todo lo que puede llegar a ensuciar el curso de la sociedad, un policía poniendo orden en un mínimo rectángulo.

Un mediocampo repartido. Al centro: uno que muerde para no dejar pasar a los que hacen peligrar los intereses de la Patria. Pegado a ese, el 5 clásico: distribuyendo el balón con sutileza para que la cúspide funcione, poco reconocido, es el que piensa dentro de ese esquema, algún ministro ejemplar.

Por las orillas, dos que corren como locos, para colocar algún centro, algún pase, que cambie el curso de los días, un sacrificio con buen pie que origina triunfos, o embates. Delante de ellos, el enganche: enlace entre los que se rompen el lomo y los que se concretan al estrellato. Un petiso que la mueve, tal vez un artista rompiendo esquemas. Quiebre para un lado, para otro, gambeta empedernida y el estiletazo preciso, justo, para intentar dejar que todo confluya en el éxito del sistema.

Arriba: las estrellas, los que llegaron a través de la pirámide a ser notorios, los que concretan el pase final en locura, en gol, los que disfrutan cuando el tiempo les da de beber de la fama y el fantasma de los flashes, los que mata el olvido en la esquina menos esperada. Actores de una TV que engendra nuevos socios de la suciedad que tapa la verdad, que jamás será una sola.

Quizás un esquema táctico convencional que a veces funciona y en otras cae en los infortunios de sus integrantes. Tal vez un país, una sociedad que juega todos los días y sus miembros son los que ganan los partidos y los que pierden la dignidad. Los que se llenan de gloria o perecen en el olvido.

Salgo de la cancha que, me imagino, estuvo llena. Pido un chori en la puerta, una gaseosa marca imperial. Como y sorbo. Ya es tarde y no tengo ganas de irme. Miro el circo a mí alrededor, tal vez no existe. Pero veo camisetas y banderas llevadas por desconocidos. Recuerdo aquella tarde gloriosa en que los autos por la Circunvalación tocaban bocinazos, la tarde en que River se arrodilló en Concepción, una lágrima todavía sigue cayendo tras el grito de gol en la "popu" abrazado a mi hermano. Tal vez el tiro libre lo pateé yo en un día solitario en un arco de cancha barrial.

Camino porque el bondi va lleno. Otro día en que la gente sale de sus casas, para ver pasar la euforia por las calles. Sobre el final le giramos la historia a Vélez y casi me quedo sin voz. Recuerdos también de goles propios en potreros que tal vez ya no existen. Gambetas en la calle de mi barrio y el grito de siempre: “Pasala, morfón, avariento, no seas comilón”.

Juego en mis pies. Rebotes y manejos de una bocha, tratada como la diosa de un partido, o una prostituta de 90 minutos. Esa bocha que alguna vez hizo que llegara a la Bombonera y grite por los colores de Concepción. La comida en el restaurante Continental con hinchas que estábamos locos en la Plaza del Congreso siendo la curiosidad de los porteños.

El fútbol, la vida, por carriles similares, en cada gambeta a la desidia, en cada grito desaforado para despegar. Y un viejo que en el Hogar de Ancianos ahora me pide un pucho antes de que su vida culmine. Otro que se quedó en otra parte y habla en el pasado. El punto final de un partido que tal vez a ellos ya no les importa.

Hoy volvió a amanecer y tengo la camiseta puesta de otra batalla. Hay que salir a pelear por uno mismo y por los demás. En el bondi o en la bici, el centro es el destino. La presión es permanente. La vida me lleva o yo la persigo. A veces quiero gritar un gol para olvidar, evasión necesaria. Otras quiero dar la vuelta a la Plaza 25 por una victoria personal, festejada a solas, aunque me figure en cancha llena.

El pase está por llegar, lo sé, lo siento y, por ahí, rompa la red de la alienación. Ascienda en un giro estilo Tonegol y lo que añoro me esté esperando para ser: solo un punto en el espacio que alcanzó un mísero segundo de felicidad…..


PABLO ZAMA.

Thank you!!!

sábado, 26 de enero de 2008

Pronta entrega.

¿Un título para esto?, está bien:

AYER VOMITÉ… Y…????....

“Estás buscando un viejo camisón, estás buscando alguna religión, estás buscando un símbolo de paz… Estás buscando un incienso ya, estás buscando un sueño en un placar, estás buscando un símbolo de paz…” (Charly García).

Llueve, de vez en cuando, pero escribo, esquivo la tormenta. La cabeza es fría, da vueltas y no me hago cargo de los delirios ajenos. Charly, casi mi guía en los momentos de quiebres creativos, gatilla. Mi cabeza, el cerebro, mi vida, da vueltas y está bueno. He tirado la planificación hacia lo desconocido. Vivo y punto. Vivo…?

En la Seccional un tipo azul parece imberbe, pregunta sobre las noticias locales, fuma y ofrece, no sabe y padece. Pero el móvil del diario ya dio una rayada en media cuadra y salimos, los cinturones de seguridad se abrochan como pueden, hay un muerto en la ruta, hay varios cadáveres esperando. El ritmo es descomunal y la música va al palo, Rapsodia Bohemia es la catarsis antes de llegar al siniestro. Se hace interminable, todo se hace espeso. El clima brota desde un intervalo infausto, pero el morbo va por carriles que no puedo ni debo ahora explicar. El muerto espera, tal vez a que alguien le explique por qué espera. Seguimos en la ruta, una frenada y doblamos, pierdo la visión por un rato. Hay polvareda al costado. La vida es injusta y la vida es lo más difícil de explicar por qué sucede. Somos objetos de un descontrol remoto tal vez, seres manejados a placer, armas de desperdicio en algún rincón en el que preferimos decir BASTA!! y jugar a sonreír.

Tal vez alguien más espere en otro rincón, otro cadáver para ser fotografiado para la portada de algo, que seguro, nunca será premio Pulitzer. Un vendaval de ironías se mueve en torno a mi cerebro. Sentado y abrochado a esa camioneta con etiqueta de presunto prestigio viajan mis ganas de otro algo. Alguien ha muerto en la ruta y no me importa quién. La existencia apabulla con estos finales y las conclusiones son distorsionadas cuando vas en busca de eso que tal vez ya es la nada. O la nada viaja en móvil hacia la ruta trágica. Entonces alguien llora adentro mío, muy adentro, alguien que desconozco. Charly sigue con su discurso de pelear, de seguir, de llegar a la cúspide de no sé qué para quién. Una loca carrera para poner la cabeza en Marte, para amar y para olvidar. Una loca carrera que termine en una portada con un desconocido que pagó sus días y contar la historia como un relato escindido de mí. Imposible. La existencia, ese final y este arrojo al mundo y sin el abrigo para sustentarse como previsible….. me choca. Aunque la imprevisibilidad y la incertidumbre es buena consejera para mí credo.


Sé que estamos escribiendo la nada en la redacción. El mandamás del patio de gobierno vigila, más allá de que el celular suene y el mensaje aclare: “Un muerto en Ruta 40, un choque en medio de la nada”, y otra vez a las calles. A veces apago la luz, tal vez para hacerme el gil y seguir palpitando una adrenalina que no es la mía, pienso. El móvil corre a toda velocidad, la música está a un volumen portentoso, mis reflexiones ya de nada sirven. Estamos en el lugar. Alguien es tapado por un manto que no sé si es de piedad o gozo de un morbo común para algunos. Nylon negro, la cabeza algo ensangrentada. Saldrá en la portada y las indagatorias me consumen el alma. Una nueva experiencia, me digo. Estás experimentando finales abruptos. Y tomo entonces como hecho literario algo casual y no tanto. Algo real y doloroso. La familia llora y alcanzo a escuchar el tenor de una muerte. Anoto. Algunos se enojan y me corren. No importa. Tengo la noticia, tal vez la primicia, de que un ninguneado por la sociedad cayó al túnel vacío de donde no se vuelve.

Volvemos a la ruta. La catarsis es reírse de lo que sea, mientras la música siga sonando. Tal vez una carta al lector tenga más asidero, pienso, más asidero para ser dada a conocer que la tragedia de un NN como yo que pasea por la existencia sabiendo inconscientemente que el punto final llega. Otro aspecto de la vida se me devela entonces. Para esto vivimos y eso, la muerte, es parte de lo que vinimos a hacer. No pienso ahora en las teorías existencialistas. Dejo que fluya, aunque haya algo de influencia, mi propia visión de la razón de ser, porque me detallo para mi propias vísceras, para mi cerebro poco programado ya, que es difícil ser en una sociedad que sólo te obliga a existir sin rumbo, te atrapa en la carrera alocada por llegar, en el placer que no existe de sumergirse en los residuos de las drogas, en los pensamientos atomizados que encajarían justo en una media tres cuartos y sucia que duerme en mi habitación y nada más.

Grito un gol, solo, parado en la avenida, para intentar sentir algo de liberación. El alivio es metafórico, el gol no es mucho más que tirar una bocha a la red y figurarse ser un héroe, figurarse el no ser y el enjambre que grita, que ahora soy yo solo en la avenida, es el público de un Circo Romano apócrifo, pero especial.

Estoy en la máquina titulando un siniestro y las palabras se fueron de viaje. Quiero narrar la historia y el morbo que adquiero me impresiona. Cuido las formas. Pero las formas no son mi inquietud, el contenido y más aún la reflexión que se desprende del contenido de un hecho aislado y siniestro es lo que me turba.

El supuesto de vivir, o el impuesto de existir, la factura a estar, la locura de rebelarse a ser un autómata. Todo me lleva por delante. La bronca de escribir en la superficie duele. Y entonces un último planteo cae de mi imberbe punto de vista (imberbe porque recién empieza a evidenciarse y a desperplejizarse en mis sentidos). El planteo cae y se pregunta si en Ruta 40 realmente hubo un muerto, si en la ruta, en las calles, en los kioscos, en un baño público, en el césped no habrá muchas más muertes sin que sus propios destinatarios no hayan recibido todavía el mensaje que les avise de su final. Muertes que caminan acríticas por el paseo de la mera opción de ningunearse todos los días. Y ahora me figuro: ¿Acaso la velocidad, la música en el móvil, el camino, no iban en busca de mí?

La portada está lista, la nota también y la foto es tremendamente desgarradora, al epígrafe le clavo otro puñal de drama. Todos nos buscamos alguna vez y la vertiginosidad de esta existencia abrumadora hace que sólo encontremos, en ocasiones, los desperdicios de lo que ya fue, para sufrirlo, cuando ya no lo palpamos en su disfrute. Alguien me habló de epifanía. Mi esquema es romper con mis esquemas y la epifanía llega sin que uno se dé cuenta.

Hay una carrera alocada de móviles en busca de algo por las rutas, por las avenidas, por las calles de piedra. Todos buscan algo, aunque algunos no lo sepan. El destino es cruel, te atrapa en un choque de ruta o te sumerge en el sistema. Tal vez en el olvido y como Borges lo clarificó: La otra muerte. En otro lugar, que bien podría ser un grafiti, dice: “Sólo mueren de verdad los que mata el olvido”.

La lucha es ardua y la existencia, en la pequeñez de lo que somos respecto al mundo, nos duele aunque no queramos saberlo.

Subo otra vez al móvil del diario, hay que volver a la calle, salir rápido, no he comido, hay un asalto, tal vez otro muerto, no el que cayó fulminado, sino el que terminó siendo presa de un pasado escandaloso, tomó un arma y se transformó en su propia versión de muerto en vida.

Hay zombis por todos lados, me niego a serlo.

Charly: “Difícil que lleguemos a ponernos de a-cuerdo”….. Pactos de sangre en la avenida para dejar una huella para nadie. Locuras de querer correr tras lo que no existe, porque lo que precede ya se esfumó hace rato, porque el futuro no es propiedad privada de nadie. Vivir o intentarlo, existir sabiendo el final, esquivando la angustia propia con la que vive el hombre, sentir el presente.
Náuseas de libertad….
Libertad??? AMÉN.

PABLO ZAMA.
(Un Soldado de Lata…?)